ya ves... después de tanto tiempo sin escribirte, hoy... coincidiendo con la primera vez mire a tus ojos con luz del sol, acaricie tu barba de dos dias sin afeitar, bese tus labios con incertidumbre pero con un arrebato de furia... Hoy, no se siquiera si me recordarás .
Hoy que ya ves... Llueve, hace frío. Estoy haciendo un cuadro que me van a pagar, a pesar de que no me gusta pintar así, no me queda más remedio... He de seguir viviendo, aunque sea alejada de ti, aunque me dejaras el corazón en los huesos, aunque mis alas quebradas ya no saben que pueden volar...
Sigue lloviznando y tengo frío. Las calles heridas de melancolía parecen gritarme tu ausencia. Esta humedad, este frío. La lluvia me huele a ti, te veo en caminantes anónimos, te sigo en los recuerdos, zurziendo una historia rota a base de mi angustia por quererte, mi soledad maltrecha y herida en post de una histora sin razón... sé que no estás bien, pero como que yo tampoco, y no es por egoísmo; sino por no herirme más de lo que puedo sangrar, sangrarte...
No voy a consolarte más, o sere quien consuele tus infidelidades, que posiblemente terminen oliéndote con la lluvia.
Sereno como la madura templanza de una melodía, a cubierto del azar diminutas nebulosas en tus pupilas, tan fuerte como para transigir el anonimato, anticipado, fresco, gradual, como la obscura intensidad de las fresas.
No faltas. Permaneces. Livianamente acontecido. lombriz que repta y te absuelve, la inconstancia te imagina como un aire delicado; un roce te asciende hacia los pies y me desandas. Desde tus manos las líneas se descuelgan y abren los minutos en un eterno regreso inmóvil y fugaz Alzo los brazos y continúas el desorden de la altura que nada – ni el tiempo – desvirtúa - sabemos que es precioso el goce sin espinas y las sombras nos juntan en luminosa ronda- tan inexacta causa, tan imprudente certeza encontrarte en la constante espera. Igual de inoportuna tu manera como radiante mi vida a todas horas.
Después lo eterno emprende un vuelo silencioso allí, donde el mundo comienza a sorprenderse junto al boomerang tibio de tus labios.
Qué pronto acontece el tiempo entonces.
Los transeúntes llevan siempre un sombrero y vos, sólo reflejas el alba en tu mirada. Caminar de este modo, me provoca cosquillas. Yo nada más transito por los amaneceres tuyos.
Tan tarde para nadie -livianos y presentes en las finas manecillas de un reloj- excepto -claro está - nosotros madurando la ruta móvil de un próximo nocturno de ardiente y embriagadora ignorancia con la luna en la frente y una ecuación de deseos en la boca madura.- ...
Verónica cento. Escritora argentina (1980). Nació en San Francisco, Córdoba y actualmente reside en Caracas (Venezuela). Estudió letras en la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado en revistas virtuales como Letralia.
Mujer fetiche Caen violines sobre los tejados. Mujer fetiche, mujer de lunas. Le temo a la danza de los escorpiones. ¿Por qué huir de la muerte? Si al final del ritual, no somos nada. ¿Para qué los hechizos? ¿Para plasmar silencios en palabras? Caen plenilunios sobre tu vientre. Mujer fetiche, mujer profana. Detesto la compasión de tus pupilas. ¿Por qué las almas? ¿Para coquetearle a la muerte, mientras desgarramos la vida a dentelladas? Mujer que le teme al juego ambiguo de las almas. Mujer fetiche, mujer de agua.
Mujer de luna Sembró algas en la pureza de sus manos. Ciñó a su cintura un lazo de estrellas fugaces. Caminó lánguida por los caminos de agua. (La mujer desnudó las oquedades de la muerte)
Las esencias nocturnas bostezan sobre su cuerpo. Sus pechos dormitan bajo el cielo gris y sus manos evaporan caricias.
El silencio El silencio otea desde un balcón y nada lo detiene: ni los otros silencios ni las otras palabras. Se reinventa a sí mismo, se desgarra y cae, cae, estrepitosamente. Su ombligo de viento se estrella en el asfalto mojado, en la vereda de mármol, en la mirada lasciva del transeúnte bajo espejos, bajo tenues formas apagadas, y una voz alimenta la carroña del cuerpo sin vida.
Miradas El escalpelo de las manos, los espejos rotos, un violín sin cuerdas detrás de las ovejas, un elefante, el circo de la tarde. Los impresentables de siempre luciendo cadenas y una copa, en un mazo de cartas resbalando estaciones. Y las velas y una voz que calla en su jaula sin saber qué pasos, qué murallas agudizan el tiempo o la calle cuando detenemos miradas.
Detrás del cristal Desde mi corral, observo apacentar ovejas: negras blancas quietas Ojos ovinos huyen por el espejo. Detrás del cristal, somos piedra.
Punto y coma Adoro el jazz. La piel blanca quema. Ser negra es moda.
Yo quisiera ser más que una moda. Punto y coma. Mi padre decía que la cerveza borra las penas. Murió de cirrosis. Su ataúd reza: "No beba". Punto y coma.
Siempre lleva faldas de segunda mano y según caiga se dibuja con un paraguas. Suele ser un día curvo e inmenso, brillante que jamas oscurece, pero si recuerda algún día triste, le echa la culpa al sol.
Luce su bata tras una sombra y puesta por encima su camiseta Maga. Le encanta encontrar botones suicidas que no soportar dejar solos. Y así pasa su tardecita en la calle soleada. Quizá la veas tumbaba con una réflex del año "pum" a hacerle fotos a la gente.
A veces se columpia y enamora al fresco. Intenta su cigarrillo con una cerilla azul, que ni prende ni quema, y así hasta cuarenta y dos. Con la mirada en el cielo, de azul que llama maga inquieto y durmiente, disfruta en el columpio dejando sus piernas a favor del viento. La primera vez ella sangró. Se acuerda porque desde entonces, siempre lleva faldas y un paraguas. ...
La historia me atrapa como a una muerta en una parcela de tierra del cementerio. y te busco... Y no comprendo por qué yo también, estoy muerta. Y te amo y te busco con los pedazos de mi cuerpo. Te busco y entre nosotros dos está un funeral lleno de flores y telas fosforescentes y lágrimas de pesar y recuerdos inútiles. Y te amo más que antes porque sé que ahora vamos a estar hundidos, y la tierra nos tapará. Juntos, mejilla a mejilla. Y el mundo entero no nos servirá. El mundo entero llora por nada. Todos lloran por nada.
¡No saben lo lleno de universo que es estar muerto!
Y me acercaré a tus piernas como un topo, cuando huele las raíces con los dientes. O como un dios que se disuelve en una cascada de savia vegetal. Ese mismo dios, que ahora me tiene de su mano, cuando nos amamos como nunca antes lo habíamos hecho... Nos unimos al asombro, con desesperación. No importa que el silencio se haga espeso como un barco cargado de sufrimiento, porque estoy sedienta de lujuria... Porque te busco, aunque mis partes sufran en la madera... Porque me llama el silencio que ignora mi sed de tierra húmeda... Porque tu cuerpo se parece a terrones de tierra. Y soy un fantasma... Aunque, los fantasmas ya no interesa que existan... Tu eres un fantasma. Y no importa amamos tendidos en el terror... Millones de lombrices desperdigadas en este cementerio se aman, también. Ellas no copulan, hacen la mímica del amor para provocar a Dios y excitar a los seres vivos... Ellas son tan hermosas, y transparentes, y con anillos de luz. Tan amarillentas por el calcio de los huesos...
Todo es hermoso en estos días de gloria por estar muertos y jóvenes. Y nos miramos asombrados, después de alimentarnos de partes blandas de los cadáveres. Todo es hermoso y el miedo es un pasajero que tiene su pelo cubierto de tierra.
Una palmera hasta los cielos le dejo a mi familia, un pino con nido y un redondo violetero. Dos jazmines del aire, un gran magnoliero, algunos malvones heridos, una orquídea salvaje, la cala con sus caracoles, el romance de los pájaros con la enamorada del muro y el vuelo de mis fantasías. Los aros todos, se los prometí a Angelina pero aún más me interesa dejarle la risa y las agujas del tejido. A Tomás, le dejo el olor de la lluvia en la tierra mojada, los pinceles y un día ocre de otoños perdidos. A Ignacio le dejo el don de la palabra, la fruta fresca, el riego y todo el cultivo. Son para Facundo los lazos de amor, mi deseo de caricia y el beso mas dulce que nadie le dio. Como Hilanderas de sueños son mis tres hijas. A ellas les dejo una luz encendida. Para Julia un domingo glorioso, la ilusión del amor, un puñado de arcilla. A Belén le prometo todas mis alegrías, un hogar como el mío de florecientes colores y por favor que no olvide: ¡Nada de melancolía! La piel de las paltas a Majo le dejo, carnosas pulpas y una mirada fija que penetre en su alma haciendo cosquillas. A Horacio no puedo negarle el tatuaje el espacio de mi lado en la cama grande, el olor a tostadas, el caer de las hojas, la leche hervida y el arte de andar sin sombra del cuerpo inmortal que abre los aires, para hacer fiesta con los sentidos... A mis amigos les dejo una confesión compartida, la risa contagiosa, el secreto prohibido les dejo mi oído y este astrolabio que me hizo volar No puedo olvidarme de dejarles la magia Y esta alquimia de andar feliz por la vida con la creencia absoluta de amar por amar.
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Adoradora de piedras
Dicen que los transparentes cuarzos incitan al amor y a menudo abren sus blandos corazones, que entonces quien los tiene sucede por la vida preso de esa magia que brota de sus vetas. Piedra preciosa la obsidiana, rasga y cura la carne cuando el dolor la abre, me sucede con la turquesa que me precipita al mar reflejado en tus ojos. Bien sé los pecados de desmesura que encierra el ámbar así como así consagrado al silencio. Poseo piedras de recuerdos, piedras preciosas, a las que alimento con sol y agua, les doy baños de luna bajo el concierto de la noche para tomarle el pulso a la eternidad.
Luego de cincuenta años de investigar, al fin encontré lo que buscaba. He creado una palabra de cinco sílabas que, al ser leída, provoca un fallo irreversible en el hipotálamo, y el corazón del lector deja de latir inmediatamente.
El objetivo de esta investigación fue crear un método rápido, barato, infalible, e indoloro, para aquellas personas que no deseen seguir viviendo, con el único costo de saber leer.
Si usted no forma parte del grupo de personas que no desea seguir viviendo, le sugiero que no lea la palabra que aparece a continuación:
... por los huecos sin fin de mi morada brotan hoy madreselvas y jacintos, y hermosísima embriaga mis recintos la esencia de una rosa deshojada;
... huele a luna y a lluvia esta jornada y a otros panes oscuros y distintos; sobre el vuelo mortal de los instintos siente el alma la noche iluminada;
¿ ... cómo puede la vida ser tan bella, si emergiendo de un ángulo imposible por el barro se enciende y se destella ?
... en su copa, amantísima y tangible, entra Dios, y mi ser se hace visible fundiéndose en el Sol que habita en ella.
el dragón llegó sin alas se le quemaron en vuelo caída la fiera
quedó exhausta sin energía acabó el día a día su combustible de sangre se le oxido su potencial lidió con asuntos terrenos abandonó sus siete cuerpos escaramuzas afectivas y familiares robaron su armonía algo lo sacó de su eje le dislocó su rumbo algo se le clavó en el alma como una flecha certera, fugaz el dragón busca aquietarse retomar su ritmo reflexiona se investiga se reformula y calla su dolor.
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necesito perderme en el marasmo de esta indisciplina terminar la sobreexigencia que imprime en mi la realidad vastedad suprema, necesito evaporarme apaciguar tanta fiera suelta.
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si la vida se puso seria conmigo tendré que confiar y salir de la incertidumbre sé que hay un camino abierto una brecha suave que late al compras de mi lentamente miraré de lejos los terrenos peligrosos no me aventaré basta de herirme con la melancolía me duele tanta sensibilidad frenaré mi desborde tormenta de ideas incesante la impotencia de mi desaliento lo irremediable: mi fragilidad. ando vulnerable como rosa herida deshojada ante el peligro debo soltarme dejar el control remoto darme al libre albedrío andar despacio y ser llamarada seguir tenaz ante el propósito ser mi peregrina del aire
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generarme en prosa con exactitud holística aquietarme en estallidos ser cobaltos en sus gamas buscar horizontes inexplorados desplegarme en emociones necesito armar constelaciones abrir opciones otras posibilidades quietas crecer bebiendo la pócima que transmute a la magia necesito el orden de saber que existe en desapego
en todo lo material la verdadera materia es abstracta.
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no veré la lucha de los seres en su torbellino de dolor e impotencia no veré su íntimo temor.
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si persevero y me adentro en territorios hondos y cercanos hablare con respeto conmigo misma hoy la cita será conmigo me rescataré de esta debilidad
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medito y respiro profundo el flujo del río nace en mi como el misterio sonoro que arroja este dolor con sus sombras profundas.
¿adónde esta la armonía de los tonos del día? qué provocativo se ha vuelto el dolor con su muda insistencia- me siento como ha de sentirse un alga me duele mi dolor es tan propio aunque más me duele el dolor del otro que se clava se tabica se termina cuánta impotencia! lloro lloro lloro fácil y no fácil sin y con lágrimas lloro mi columna se carga de peso la pierna derecha pesa mil kilos y empequeñezco a pasos agigantados casi hasta desaparecer entre catéteres y tubos sobre la sabana blanca de la noche.
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el cambio no se sostiene con nada lo abstracto anda suspendido en espera se acumula refleja mi metamorfosis cotidiana la impiedad me lleva hasta algún dolor antiguo multitudes y trementinas pinceles cansados y fiebres penachos duros que ya no sirven mis manos olvidan los ritmos se potencian no sé no se desde hoy y desde acá desmaya algún anhelo gritan las telas desde el rincón inconcluso nada nuevo para pasar en limpio sólo la reiteración de mi misma soy una aficionada de las palabras y creo en su poder curativo son sedantes a la hora de la desespera impotente fluye mi idea marea el derivado aturde el rescate
los libros ansían el aire libre las hojas ansían la cara al viento ay de un alerce cuando aplaude con sus hojas de terciopelo quién pudiese hoy acariciar su melodía compartir su concierto de vientos sin embargo sólo me deslizo al miedo y no avanzo una estaca me clava al colchón las guías me suspenden de los sueros que cuelgan de las nubes más allá del techo me cuelgo de la ceremonia secreta de las vetas de la pinotez lloro la impotencia que se hace dolor me congestiono respiro hondo cambio el oxígeno y sigo acá estaqueada conjurando el corset de vainillas mirando que a las plantas les falta valor detrás de los cristales quién me protegerá del agresivo mundo de la sequedad? se ajustarán estos tornillos? no sea cosa que duelan si escapo! el tiempo es absurdo se detiene a anda deprisa se suspende o se escurre es vértigo que no alcanza es intolerable cuando se hace inmortal gira el mareo sobre la frente y la medicación no ayuda demasiado el nervio se tensa más crepita el músculo se crispa qué sé yo todo mi cuerpo se empecina
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cristina valle marca registrada en reg prop intelectual n.220345 bs as argentina ...
A mi hijo, siempre le tengo dicho que cuando las cosas van mal lo mejor que puede hacer es cambiar de identidad
A mi hijo, le explico que si acaba en la cárcel lo único que deberá de pensar, a partir de que se cierna tras él el eco metálico de la puerta de su celda, ha de ser en como escapar
Podría empeñarme como el resto de bien intencionados padres
-sin manual de instrucciones pero hacendosos para que en el futuro nadie, eso se creen, les pueda a echar nada en cara-
en aleccionarlo con otra serie de valores, que no son más que buenos consejos con los que se consuelan por no poder ya dar mal ejemplo.
Mi propia experiencia, me ha demostrado que si con el tiempo no los pisotea, lo único para que los usara será como rehenes para pasarse al enemigo
Asi, que me esfuerzo por descubrirle cosas aconsejables. Por abrir sus pequeños ojos acerca de lo poco acertado de llevar una silla a un bosque, sobre todo si esta es de madera.
Que no es práctico usar los dedos para llevar la cuenta de las estrellas Que no señale a la gente por ser de mala educación, y si le pillan disimule haciendo como si estuviera contando estrellas.
Que mire siempre a los ojos de la gente para que no pierda la virtud de saber en cada momento quien le ama
Que no interrumpa a las personas mayores mientras hablan, y si alguna lo interroga sobre lo que acaba de decir, porque lo han sorprendido distraído a su explicación, responda, con tono de seguridad, que contaba estrellas
Que todo tiene sus límites, Pero que ese todo dependerá de a que lado de la cerca se siente o desde que lugar contemple el cielo
Aun asi, el mayor de los temores, con el que juego al escondite al margen de que le ocurra algo ante lo que no me pueda interponer, es que acabe por parecerse a mí;
y un día, se descubra a si mismo en cuclillas ante unos profundos y diminutos ojos de Icaro, kamikazes deseosos por contar estrellas, repitiéndole con dudosa convicción una afección que antes me oyó a mí y que ha planeado como un todo en su vida: “no hagas nada que yo no haría” ...
Nací sin patria y he construido los límites que me sostienen. Con voz tapiada y mortecina el alma, respirando silencios, tejí el jergón de hilo en que moraba.
Y a pesar de que ahora lleve mi cuerpo abierto, las manos extendidas, del viento la entereza, los ojos de la mar para apresar la ofrenda de tu voz (todo te lo daría, si supieses como se hace fértil mi camino) quizá habrás de hurgar para atraparme y descender al fondo donde vive aquel ángel : el que decapité mientras moría.
Del abrazo
Cansada del amor iconoclasta más allá de la entrada de las formas me he desplegado en ti y he encontrado un lugar para abrigarnos.
Esto sucede, si cuando te adentras rozas el corazón, llegas al cuello y alcanzas la garganta- palacio de cristal del yo más íntimo-, ya que ella es quien me nombra las palabras y grita el desorden de mi nombre.
Todo es sencillo entonces vivir incluso me parece fácil tal como ese café que compartimos entre diarios, murmullos y papeles.
El peso del temblor de cada abrazo nos sostiene.
Umbral
Entre tu y yo, ese umbral se parece a la distancia que hay desde el vientre al deseo o desde el beso a la cara desde el silencio al sonido de la noche hasta la albada desde mis pies al asfalto de la arena hasta la playa.
Me conforta conocer -envuelta de viento y calma- este límite que existe: qué nos une y nos separa.
Entonces
En ese momento cuando mi cuerpo se acurruca y soy redonda y me repliego y soy círculo y soy flexible, maleable y dúctil y soy capullo, llega en mi el génesis como el primer momento de la creación cuando dios dijo que se haga la luz y fue la luz, que se haga el mar y el mar se hizo. Igual que ese milagro, me abro toda no lentamente, sino como un soplo, como un milagro, igual que ese momento mágico donde de la nada se hizo todo en ese momento os digo toda yo me vuelvo boca boca mis manos, boca mis ojos, boca la cóncava curva de mis piernas, boca mi espalda, boca mi sexo, boca mi boca sedienta y seca con la fuerza del vértice que me gime por dentro y toda yo soy grito porque hay algo en mí que ha de florecer porque soy incompleta y vacía y es esa vacuidad la que me quema. Es entonces, os digo, cuando exploto y cuando grito y grito:
llena toda mi boca, ocúpame.
Razones de amor
Porque te sé un huérfano, como un niño de Dickens, llevando una cesta de flores en la mano, porqué te sé un infante encerrado en la alcoba donde nunca llegaba la luz del comedor.
Por los malabarismos, como sombras chinescas de luz y de penumbra. Por los labios que muerden con toda la avidez de una granada roja, con toda la saliva de tu íntimo afán.
Porque en las noches claras me encuentro entre tus brazos y en las noches oscuras tu aliento es quien me calma. Por sólo esos porqués yo ya te amaría… y te amo además, por lo que no te he dicho.
Extrañeza
Alguna vez, me dices, cuando abrazo a la mujer que quiero se vuelve evanescente mientras ella se pregunta qué hace un extranjero en su cama.
Los cuerpos, piel a piel, no conocen las letras del silencio alzando un abismo entre los dos donde cabe lo extraño.
Es un instante sólo, pues todo vuelve a su lugar pausadamente y nos deja el aroma del aura y del misterio que rodea el amor.
Tiempo de amar
Esas mujeres, esos cuerpos de mujeres que se dan cita en mi bien-amada dejan tras la puerta como un despojo inútil todo lo conocido sus ideas preconcebidas sobre el amor. G. Luca
Me acerco a ti como un juego de espejos sobrepuestos con todas las caras de las mujeres que llevo desde el fondo ancestral, imperceptible y errático que me empuja.
Así perpleja como si el cielo fuera una noche en London mientras la lluvia huye, sorprendida incluso de encontrarme en esa busca inédita.
Tal si por vez primera , cada vez fuera la puritana, la lúcida y la lúdica, la delicada ninfa, la dócil y carnal vampiresa de amor
Con furia voy a ti, al juego inenarrable, más allá del instante de la búsqueda, y soy como soy: fidedigna extranjera.
Así cuando me hallo en el tiempo de amar.
Así me acerco a ti : compleja y llena.
Depositario
…el amor. Que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Pandémica y celeste, de Gil de Biedma.
Estos pequeños gemidos que vuelco sobre ti, de lejos vienen, de una tristeza antigua. De dentro vienen, llegados desde fuera, y anudan el dolor, amor y muerte.
Cuentan que es cliente habitual en una floristería…
Vivía en una ciudad grande, populosa, llena de humo. El gris arañaba el azul del cielo, los tonos vivos de los edificios, el verde de los jardines. Nadie conocía a nadie y a nadie le importaba. Tampoco sucedió como en los cuentos, cuyo escenario suele mecer a sus protagonistas en la cuna del símbolo y las señales. Por eso el día en el que nació aquella abominación el trueno no se dignó a hacer acto de presencia, las nubes no lloraron por la Humanidad, ni tampoco acudió el silencio, que hubiera sido un heraldo adecuado del acontecimiento. No. Su nacimiento fue aséptico y vulgar.
Ahora se lava los dientes, duerme con zapatos y pillacorbatas, naufraga en Internet y abusa del teléfono móvil. Está virtualmente muerto y se rodea de muerte, pues sólo para ella tiene ojos.
Ya no reside en la ciudad, sino en el desierto. O eso cree, pues jamás pisa la calle.
Las persianas de su casa están permanentemente cerradas, no tolera más luz que la eléctrica, ni más aire que el que apenas se filtra través de la mosquitera que blinda su balcón. Las paredes de su vivienda se asfixian bajo infinitas pegatinas de códigos de barras. Su mobiliario, un mausoleo de deshechos industriales; restos de latas, envases, frascos...
Y, aunque no me creas, cuentan que es cliente habitual de una floristería.
La vendedora de flores es como un hada, siempre joven. Tal vez no llegue a mudar sus cabellos dorados por canas, pues no hay alma que soporte que sobre un ser tan puro pueda caer la corrupción de los años. Para sus tersas mejillas siempre es primavera, Ella no entiende el mundo sin luz, aire, agua, pasión y vida. Muchos la pretenden, sin ver que su corazón no podrá ser entregado, pues le fue arrancado del pecho y trasplantado a la húmeda tierra de una maceta de geranios.
Él le compró rosales. Murieron. Él le compró orquídeas. Murieron. Murieron también las flores de pascua, las margaritas, las fresias, los pensamientos. Murieron hasta las malas hierbas que él nunca compró, pero que brotaron al amparo de la buena tierra, desafiando la adversidad.
Él no se deshacía de los cadáveres. Al contrario. Los aplicaba en un rincón especial de su casa, para contemplarlos a placer.
Un día compró la maceta de geranios. Ellos no morían. Resistieron a las torturas que habían llevado a sus predecesoras a apagarse. El monstruo, incapaz de entenderlo, a veces reaccionaba con ira y otras con desprecio, pero ninguno de esos extremos parecía afectar a los geranios.
Las plantas normalmente son sensibles, esclavas del cariño y los cuidados que se le demuestran. Tantean su mundo con sus raíces y abren sus pétalos a lo que el destino desee ofrecerles. Son débiles pues no dependen de sí mismas… pero esa planta no era como las demás porque ésta era una planta con corazón; el corazón de la vendedora de flores.
El que siempre estuvo muerto morirá mañana. Su cadáver seguirá agarrando por el tallo a sus geranios, eternamente prisioneros en aquel lugar infame. Ellos, que además de tener corazón tienen memoria, subsistirán siempre jóvenes, intocables por la corrupción, aunque atrapados, porque el recuerdo del agua es mejor que el agua y el recuerdo de la luz es mejor que la luz… ...
Raimunda sabe que los años no hacen sino envejecer a la gente y llenarla de experiencia, nada más. Sabe también que la muerte la va a visitar más pronto que tarde, para llevársela al otro mundo. Vendrá ataviada con una túnica negra y escondiendo su rostro bajo una capucha o un sombrero. Pero todo esto nunca le ha causado pesadumbre alguna. Raimunda ha sido y será ante todo una mujer de campo. Ha trabajado sin hacer caso a la extenuación y ha padecido los avatares de la vida con la cabeza muy alta, y por supuesto, nada la va a amedrentar. Tiene demasiado trabajo para dejarse vencer por los años. Raimunda, desde que alcanza su memoria, se ha levantado todos los días con el amanecer, en cuanto asoman por entre las ranuras de las ventanas los primeros rayos de sol. Con sus más de ochenta años, bien puede decir que nunca ha dejado de madrugar; ni siquiera cuando parió a Vicente, su pequeño. A ella ese embarazo la pilló con cuarenta años y el niño venía de nalgas. Pero, después de dos días y medio soportando los terribles dolores del parto entre arados y animales, lo tuvo, ¡vaya que si lo tuvo! Era el quinto hijo, y el último. Y también el primero en morir. A pesar de lo grande que se le criaba, la criatura se le fue con cuatro años de unas fiebres. Raimunda creyó morir con él, deseó ser enterrada con él. Pero el destino no lo quiso así y la mujer tuvo que sacar fuerzas para seguir viviendo. El sufrimiento no abandonó el hogar de Raimunda, porque como dicen en el pueblo: “las desgracias nunca vienen solas” y a los pocos meses, las mismas fiebres se llevaron a Ramona, su segunda. La más guapa. Un año más tarde, Ramón, su marido, moría aplastado por las ruedas del tractor. Nadie supo nunca lo que ocurrió, ni qué hacía el hombre tumbado debajo de la máquina. Hablaban que quizás dormía la borrachera a la sombra, pues su afición al vino era más que conocida en el pueblo. Desde entonces, Raimunda siempre ha sospechado que Dios la castigó por algo malo que había hecho y que nunca llegó a saber qué fue porque nadie se lo supo explicar, ni siquiera don Pío, el cura. Jamás ha querido quitarse el luto, por si acaso. Raimunda tuvo que criar sola a los tres hijos que le quedaron: dos hembras y un varón. Trabajó duro y peleó como una loba por ellos. Pasó miserias y conoció el hambre y la mezquindad humana, pero los sacó adelante y sin ningún hombre, a pesar de lo que le aconsejaban las vecinas. - Raimunda, aunque no seas ya una moza, todavía tienes tres niños que criar. Deberías buscarte un buen hombre, honrado y trabajador – le decían. Pero no les hizo caso. En su casa no entrarían más hombres. Ella sabía arreglárselas sola. Y eso es precisamente lo que ha hecho casi toda su vida, apañárselas sola un día tras otro. Sus hijos han crecido sanos y llenos de alegría. Aunque, hace unos años tuvieron que marcharse a la ciudad a buscarse un futuro, un futuro que en el campo ha dejado de existir, porque, como bien sabe todo el mundo, la tierra se está muriendo. Y por ello nadie se extraña de que las estrechas callejuelas del pueblo estén desoladas y mustias. Ya sólo transitan unos cuantos viejos y unas pocas mulas. Los únicos jóvenes que quedan son los dos melgos de la Emilia, que, a pesar de que ya andan cerca de los cuarenta, tienen los pobres la mente algo nublada y no pueden valerse por sí mismos. Raimunda recuerda muy bien el día que nacieron porque por entonces ella ejercía de partera del pueblo y de los alrededores. Ayudaba al médico y atendía a las parturientas antes y después del parto, y aquel fue uno de los más complicados y largos que ha asistido, y para colmo, el médico no pudo llegar a tiempo. La llamaron antes del mediodía y, con la caída del sol, Raimunda ya pensaba que ese parto no podía acabar bien: o moría la madre, que era demasiado joven, o lo hacían los niños. Pero ella era mujer con muchos años de experiencia como matrona y al final los consiguió sacar sin que muriera nadie. No tardó en darse cuenta que las criaturas no eran normales, nacieron con la cabeza deformada, pero estaban vivos. Las viejas decían que era por el eclipse de luna que hubo la noche del parto. - Los eclipses son un mal presagio y sobre todo si vienen gemelos – decía Jacinta, la más anciana del pueblo. Pero Raimunda nunca ha creído en esas tonterías, fue la voluntad de Dios y nada más. Al día siguiente el médico examinó a Emilia y a los dos niños. Confirmó que las criaturas habían nacido con un problema en la cabeza y que no pasarían de los diez o doce años. Ya han cumplido los treinta y ocho, y siguen vivos. Un poco faltos, eso sí, pero nada más. Ahora ya no es igual, porque las mujeres paren en los hospitales con médicos y enfermeras y además, ella hace ya muchos años que dejó de ayudar en los partos. Y es que todo ha cambiado y seguirá cambiado cuando ella no esté. Raimunda ha salido temprano al campo. Ha ido al huerto que tiene junto a la acequia para ver cómo van los tomates. Pronto estarán listos para ser recogidos. Luego se tirará todo un día escaldándolos para quitarles bien la piel, metiéndolos en los botes de cristal y, tras cerrar las tapas, poniéndolos al baño María. Así tendrá tomates para varios meses. Incluso sus hijos se llevarán unos cuantos botes cuando vengan a visitarla. También se ha pasado por los tres bancales que tiene con cebada. Este año habrá una buena cosecha, la espiga está hermosa y el grano crece gordo y con peso. De regreso a su casa, la anciana se ha tenido que sentar a la sombra de los almendros de su primo José. Está muy fatigada y la respiración le sale floja. Le cuesta reconocerlo, pero, sabe muy bien que ya no tiene años para andar por ahí sola; sin embargo, nunca ha podido estarse en su casa quieta y sin hacer nada, además, ahora esa casa está tan consumida por los años como ella y los recuerdos que la habitan le producen una gran tristeza, y ella no es mujer que permita que la tristeza le encoja el alma. Aunque, a veces, la pena es demasiado grande como para soportarla, y es entonces cuando su mente se debilita y la angustia le hace sentirse vacía y muerta. Raimunda cierra los ojos cuando siente en su cara el aire fresco del atardecer. - Puede que llueva – se dice en voz alta. Levanta la cara y mira un puñado de nubes oscuras que empiezan a asomar por el horizonte. “Puede que sí”, piensa. Intenta levantarse, pero la artrosis le recuerda que va a necesitar un buen rato para conseguirlo. - Hola, Raimunda. La mujer tuerce la mirada hacia la voz. Una figura vestida de negro y con un gorro de ala ancha, bastante viejo y descolorido, se ha colocado muy tiesa entre ella y el sol. A la anciana no le hace falta preguntar nada, sabe muy bien quién es. Porque es tal y como ella se la había imaginado, vestida de negro y con los ojos sin vida, como hechos de porcelana. Se fija en sus manos, son alargadas y huesudas, aunque no son las manos de un esqueleto. Afortunadamente, la Muerte no es un esqueleto que va por ahí enseñando sus huesos a todo el mundo, para Raimunda eso hubiera sido de muy mal gusto. - Me parece que va a romper a llover en menos de una hora – dice volviendo a mirar los nubarrones del horizonte. - Puede – le responde la Muerte. - Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol – añade la mujer con la voz bien templada. La Muerte se aparta y se sienta junto a Raimunda. Las dos, en silencio, contemplan cómo el sol enrojece de sangre las nubes que cabalgan sobre la línea del horizonte. ...
fuiste una vez y después de ello nunca nunca más dedos posándose en los labios nunca más dulce aquel abrazo de pasillo mate en la cama y jaque a la tristeza la noche no tenía puertas ni paredes éramos nuevos y locos (easy riders) vimos futuros tras las hilachas del pasado "no estamos solos, ya no estaremos solos el aire huele amor abracadabra" se hizo la fiesta y estuvimos nosotros vaciaste tres barriles de promesas mi corazón de megabloques reconstruido tenía miedo de perder todas sus piezas mi corazón forrado por el plástico no era de nylon -lo juro- era un pájaro era incapaz de cantar si no era a dúo era incapaz de salvarse de tus flechas mi corazón de hostia te quería aunque tú lo derritieras con la boca mi corazón nunca me ha querido es el judas que siempre me traiciona viva mi rabia y el miedo que me tuve viva el dolor que libera mis cuerdas te tuve tres segundos y desde entonces no hago otra cosa que buscarme voy a abrir mis fauces y a engullirme no quiero envenenarte con mi pena mi dolor no ha dejado de estar joven mientras yo envejezco de tristeza
Hay amores inefables, excelsos, y tan incomprendidos por ser espirituales que se niegan a desaparecer, algunos; otros perduran en la inmortalidad del tiempo. Quizá con el transcurso de los años el dolor, cuyas alas abrazan las heridas, sea más soportable, mas no se van del todo porque echan raíces en el alma difíciles de arrancar. Desde luego, me refiero únicamente al increíble sentimiento que despertaste en mí la noche en que ambos vagábamos como dos ciegos nocturnales en busca de la luz… Dos trozos de cielo sin estrellas. Dos, sólo dos que unieron sus mutuas soledades. Y fuimos uno para abatir tempestades y librar batallas sin más armas que nuestro amor… Amor a intervalos, amor que tocaba los dinteles del ensueño, partió tu fantasmal silueta a la distancia y se esfumó para siempre tu alborada.
Mirando al cielo he intentado hallar una señal que derribe el muro de mis interrogantes y al no encontrarla, exhausta ya de la tortuosa bruma del pasado, he venido hasta aquí para esconder tu imagen y tu voz en el silencio de esta tumba en la que dormirá tu recuerdo inmerso en el sueño del olvido. Ya lo ves, ha llegado el inevitable momento del adiós, el mío, y he traído para ti la última flor de aquel nuestro verano y una carta en sobre abierto que no sabrás leer porque encierra en versos lo que no te dije, lo que no escuchaste, lo que no captaste en el misterioso lenguaje de mis ojos.
El aire de esta tarde mece en vaga melancolía las ramas de los árboles; puedo sentir el gélido océano de tu ausencia una vez más, la última, mientras la mansa luz se va extinguiendo poco a poco en el horizonte. Sé que debo partir antes de que la noche de la indecisión me atrape en sus dominios y borrar las huellas del sendero que me llevó hasta ti para no encontrarlo si alguna vez me invadiera el absurdo deseo de volver a abrir el sepulcro del recuerdo.
Lucidez, gotera del alma E.M. Cioran ____________________ ...
Sabeli Ceballos Franco nació en Campeche, Estados Unidos de México, en 1967. Es catedrática en la UAC, y fue designada como becaria Fulbright, en base a su trabajo de enseñanza del inglés como segunda lengua.
Ha publicado diversas plaquetas, trípticos y librillos. Ha sido antologada en “Cartas al Reino, antología poética”.
Aquí están en formato PDF sus E-Books Balada para dos locos y Entrega Inmediata.
Ella está sumergida en su ventana, contemplando las brasas del anochecer, posible todavía. Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones. Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada, y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y humo de otra casa. Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más. Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche - ¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-, pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas, los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura, aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos. Ella oyó en cada paso la condena. Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana, la simple arquitectura de la sombra aislada en su piel, como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós, hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.
Nosotros somos América. Somos los que rellenan los ataúdes. Somos los tenderos de la muerte. Los envolvemos como si fuesen coliflores La bomba se abre como una caja de zapatos. ¿Y el niño? El niño decididamente no bosteza. ¿Y la mujer? La mujer lava su corazón. Se lo han arrancado y se lo han quemado y como último acto lo enjuaga en el río. Este es el mercado de la muerte. ¿Dónde están tus méritos, América?
La balada de la masturbadora solitaria
Al final del asunto siempre es la muerte. Ella es mi taller. Ojo resbaladizo, fuera de la tribu de mí misma mi aliento te echa en falta. Espanto a los que están presentes. Estoy saciada. De noche, sola, me caso con la cama. Dedo a dedo, ahora es mía. No está tan lejos. Es mi encuentro. La taño como a una campana. Me detengo en la glorieta donde solías montarla. Me hiciste tuya sobre el edredón floreado. De noche, sola, me caso con la cama. Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío, en la que cada pareja mezcla con un revolcón conjunto, debajo, arriba, el abundante par en espuma y pluma, hincándose y empujando, cabeza contra cabeza. De noche, sola, me caso con la cama. De esta forma escapo de mi cuerpo, un milagro molesto, ¿Podría poner en exhibición el mercado de los sueños? Me despliego. Crucifico. Mi pequeña ciruela, la llamabas. De noche, sola, me caso con la cama. Entonces llegó mi rival de ojos oscuros. La dama acuática, irguiéndose en la playa, un piano en la yema de los dedos, vergüenza en los labios y una voz de flauta. Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada. De noche, sola, me caso con la cama. Ella te agarró como una mujer agarra un vestido de saldo de un estante y yo me rompí como se rompen una piedra. Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar. El periódico de hoy dice que se han casado. De noche, sola, me caso con la cama. Muchachos y muchachas son uno esta noche. Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras. Se quitan zapatos. Apagan la luz. Las brillantes criaturas están llenas de mentiras. Se comen mutuamente. Están más que saciadas. De noche, sola, me caso con la cama.
Cerdo
Oh tú máquina de tocino marrón, cuán dulcemente yaces, engordando una libra y media por día, tú, par de calcetines enrollados, tú, pesadilla de perro, tú, con el hocico aplastado pero las orejas extendidas, tus ojos blandos como huevos, cerdo, grande como un cañón, cuán dulcemente yaces. Por la noche estoy tendida en mi cama en el armario de mi mente y cuento cerdos en un corral, marrones, moteados, blancos, rosados, negros, avanzan por la lanzadera hacia la muerte del mismo modo en que mi mente avanza buscando su propia pequeña muerte.
La música se desliza hacia mí
Espere señor. ¿Para qué lado queda casa? Ellos apagaron la luz Y la sombra se mueve en la esquina. No hay señales en este cuarto, Cuatro mujeres, de más de ochenta, Cada una con pañales. La la la, oh… la música se desliza hacia mí, Y puedo sentir la melodía que tocaban La noche en que me dejaron En este instituto privado sobre la colina.
Imagínenlo. Una radio sonando Y todos aquí estaban locos. Me gustó y bailé en un círculo. La música se derrama sobre la razón Y, de una manera divertida La música ve más que yo. Quiero decir que se acuerda mejor; Recuerda la primer noche aquí. Estaba el sofocante frío de Noviembre, Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo Y esa luna demasiado brillante, Pasando a través de los barrotes para pegarme Con un canto en la cabeza. He olvidado todo el resto.
Me atan a esta silla a las 8 A.M. Y no hay señales que indiquen el camino, Sólo la radio, sonando para ella misma Y la canción que recuerda Más que yo. Oh, la la la Esta música se desliza hacia mí. La noche en que llegué bailé en un círculo Y no tuve miedo. ¿Señor?
Arte de tapa: Reproducción de una pintura de Alvaro Ardao (uruguayo – contemporáneo)
Atravesando mi cuerpo.
Atravesando mi cuerpo… tengo un mar de arena y sal.
Quiero indagar si estoy sangrando poesía.
Quiero indagar si en lo oscuro quedan huellas que penetraron con la luz.
En mi cuerpo hay una mujer.
Vengo desnuda a encontrar la palabra alojada en mi alma.
Me zambullo en la sangre. Mis huesos, son mástiles quebrados.
Las vísceras, me reclaman salir por la garganta.
Entrelazados a la vigilia y a los sueños, campos de flores y de muertos se suceden en mí.
Quiero mirar a esos ojos para ver lo que miran. Me sacude la fuerza con que va esa mirada.
Todavía no he podido escapar de mi boca. Desciendo hasta mi sexo. Y no tengo barreras.
Entre tanto vacío perdí la poesía.
Rituales 1
El sol se instala en su cuerpo, y las piernas sacuden su tronco, marcando el ritmo. Ella es la heredera de cadenas y orquídeas. De placeres non santos. Rituales. Espejismos en el borde de lo imposible que van devastando su corazón. Apenas sostiene el alma en ese cuerpo.
La recorre un universo de fantasmas. Ellos se instalan en el mapa de su génesis. El pasado le sujeta la piel. Hembra de siglos atrapada en una profunda cicatriz que fue la herida mortal de sus ancestros.
En la orilla puede unir el cielo con el agua. El viento abanica sus caderas y ella suelta sus tentaciones al fuego. Abraza el aire y es campana de barco a la deriva.
El mar chupa su piel, y con su espuma de esperma, la posee.
Fecundada con magia. Ya no es de nadie y es de todos. Camina acompasada. Duras las pantorrillas. Firme la carne. Plano el vientre. Concebida va hacía los brazos de su amante. No se detiene.
Sobre la arena arden sus huellas.
Rituales. Y en el comienzo...
¡Estaba tan luminoso y fresco!. Las estrellas coincidían. La luna se apareaba con el viento. Todo encajaba. Perfecto.
(Mi mano se extiende para buscar tu corazón. Siento su latido. Aquieta mi ansiedad acariciar tu pecho. Yo soy la sacerdotisa de tus noches. Me entrego a tu melancolía).
Ellos, consagrados por su especie, creaban el camino de la vida. Ellos se tomaron los brazos. Y se miraron a los ojos. Los cuerpos desnudos sometidos al fuego. Los rituales habitando en el impulso.
Los gritos del pueblo consagrarán la certeza de su supervivencia.
(Me muevo despacio sobre tu cuerpo. Me estiro por él. Yo quiero que me sientas. Atravieso tu piel y caigo por tus entrañas. Te derramas en lava por mis piernas. No me miras. No hay movimientos. No hay palabras. Nos quedamos agónicos. ¡Ah...nuestro placer!)
Perecerá el cosmos. Todos renaceremos entre las cenizas. La luna dejará caer el fruto de sus entrañas. Y crecerán los retoños.
El pueblo alabará.
Simplemente menos espera.
Me encontré en ese baño atravesándome a tus cejas extendidas, sosteniéndome en el aire. Te metiste en mí entre ahogos y nervios encendidos, como instrumentos musicales. Con sus cuerdas que tocaban irresistiblemente. Hiciste eso… Y parecía que la música se deslizaba hacia mí. Tú, puro genio trabajando, que entra al fuego. Yo, caminando vestida, sin marcas de ese viaje.
La casi innombrable obscenidad regresa.
Ahora voy desnuda por tu cuerpo desnudo, en el piso mojado. Me dejo tomar por el enemigo. Me ahogo por sus piernas. Y me como al enemigo.
Acepto su destreza, su magia, hasta su fuerza. Soy suya sobre el agua.
De noche, sola, no imagino la cama. Debajo. Arriba. En espuma y espuma. Hincándose y empujándome. Las luces de tu pelo adherido a las estrellas. La luna demasiado brillante en tu boca pasando a través de mis barreras. Mientras, como una cosa acuática irguiéndome en tu playa. Me quedo en el agua sin ver, sólo sintiendo. Me dejo arrastrar. Subir. Bajar.
Antes o ahora.
Mi perro no tiene narcisismo.
Necesito buscar un sustituto. Necesito a mi perro.
Está la reacción a la amenaza contra la humanidad. Está el peligro inminente de la destrucción total. Algo me exige ser humilde hacia los hechos y no es el momento de tener una actitud dubitativa o buscar un refugio en el narcisismo enterrado. Todo está en alguna de mis devaluaciones. Pero sí, tengo miedo, lo confieso. Es el miedo incestuoso de una folie à deux (locura de a dos) que hace enmarañar mi realidad con el seno materno. Como no pude imaginarlo, no lo supe.
Las partes antropométricas de mi perro son perfectas. Dicen que es de caza. Nació para ir a buscar a los patos muertos. Dicen que su boca es suave. Y él tiene casi la altura de mis manos. Tiene el pelo cortito, terso, tibio. Las orejas enormes. Las patas largas, la cola larga, la mirada intensa. Y los ojos verdes. Tiene un caudal inagotable de ternura. Me sorprende. Me atrapa su confianza. Mi perro vive en un ritual vacío. Separado de todo. A veces corre detrás de algo que solamente él ve. (No creo que sea un pato)
Mi perro tiene un mundo vulnerable. Yo soy su mundo.
Perversión de los atajos
1 Voy y vengo por todos los caminos. Me pierdo. Los caminos familiares son desconocidos. Me pierdo en la lluvia del verano como me pierdo en tu cuerpo. Me pierdo de noches aburridas. Me pierdo sin soñar, por el paso de nuestras veredas.
2 ¡Ay nuestra historia entre mis pies! Tanteo a ciegas. Y otra vez me pierdo. Es casi un imposible. Es casi una estupidez. Vuelvo a errar el tiro. Y me pierdo como siempre.
3 (Este experimento de fugarme está abriendo tantas puertas…) Clandestinidad de manos y de trampas que hurgan cuerpos. Y caen desde los estantes de las vivencias.
4 Así me pierdo en huellas de otro tiempo único en la piel.
5 Banalidades que hacen sórdido este bostezo. Y sigue lloviendo. Mi abandono.
Anhelos desde la humedad. (Dedicado al ladrón.)
Pestañas-barreras aplastadas por el Hombre-roba-secretos. Desde el Horizonte-ombligo y hasta las Piernas-insalvables, depreda a la Vagina-costumbre. Ensombrece al Útero-sombra. Bajo un sol semivivo penetra a la Mujer-sangre.
Cuerpo-mío atraviesa el muro-excusa.
Hombre-roba-secretos y mujer-sangre quedan sin coartada.
El agobio de lo cotidiano. Algo que no podemos compartir.
Recuerdo a los borregos cuando están con sus madres Se prenden a sus ubres, balan detrás de ellas Las reconocen, pegados a su olor y su piel. Terminan un día olvidando quién los alimentó.
Viene la cartonera. Junta latas y papel en la quema. Se droga y vende lo que tiene y no tiene. La co ...